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19/03/2008

EN EL BUEN COMBATE

“Combatí el buen combate, terminé la profesión, guardé la fe.”
PAULO, II TIMÓTEO, 4:7.

En las peleas de la evolución, hay combate y buen combate.
En el combate, visamos a los enemigos externos. Blandimos armas, inventamos ardiles, usamos astucia, creamos estrategia y, por veces, saboreamos la derrota de nuestros adversarios, entre alegrías falsas, ignorando que estamos dilapidando a nosotros mismos.
En el buen combate, nos disponemos a luchar contra nosotros mismos, asestando baterías de vigilancia en oposición a los sentimientos y calidades inferiores que nos deprimen el alma.
El combate nos emploma el corazón a la costra de la Tierra, en aflictivos procesos de reajuste, en la ley de causa e efecto.
El buen combate nos liberta el espíritu para la ascensión a los planes superiores.
Paulo de Tarso, escribiendo a Timóteo, en los últimos días de la experiencia terrestre, nos forneció preciosa definición en este sentido. Él, que anduvo en combate hasta el encuentro personal con el Cristo, pasó a vivir en el buen combate, desde la hora de la entrevista con el Maestro. Hasta el camino de Damasco, estuviera en función de glorias mundanas, ávido de dominaciones, pero, desde el instante en que Ananias lo recogió enceguecido e trastornado, entró en subalternidad dolorosa. Incomprendido, subestimado, apedreado, perseguido, encarcelado varias veces, abatido y enfermo, jamás dejó de servir a la causa del bem, que abrazara con Jesús, olvidando males e achaques, constreñimientos y insultos. Al término, sin embargo, da profesión de sembrador de la verdad, o ex-consejero del Sinédrio, aparentemente arrasado e vencido, salió de la Tierra en la condición de triunfador.


EMMANUEL






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